Pero hay otra forma de interpretar una pequeña palabra de este famoso versículo. Me’ayin.
En una lectura sencilla, «me’ayin» significa «de dónde». ¿De dónde vendrá mi ayuda? Pero la palabra hebrea «ayin» también puede significar «la nada». Si lo ves desde esa perspectiva, la pregunta cobra otra dimensión: ¿Qué pasa cuando miro hacia arriba no porque necesite algo desesperadamente, sino cuando no necesito nada en absoluto?
Sabemos cómo mirar hacia arriba cuando algo va mal.
Cuando alguien está enfermo, oramos. Antes de una operación, oramos. Cuando alguien está pasando por dificultades económicas o emocionales, oramos. Cuando tenemos miedo o nos sentimos abrumados y hemos agotado todas las soluciones que se nos ocurren, recurrir a Dios nos sale casi de forma instintiva. Y también sabemos levantar la vista cuando algo extraordinario sale bien. Un bebé sano tras un embarazo complicado. Una buena noticia inesperada. Llegar sano y salvo a algún sitio cuando el viaje parecía incierto. Esos son los momentos en los que te sale de forma natural decir «gracias a Dios».
Pero, ¿y un martes cualquiera?
¿Qué hay de esa mañana en la que todo el mundo se despierta sano, hay comida en la nevera, trabajo que hacer, gente a la que queremos y ninguna crisis en particular que requiera nuestra atención?
Es mucho más difícil parar en medio de un día cualquiera, levantar la vista y decir, sin más: «Esto está bien».
Se nos da muy bien levantar la vista desde las profundidades. Quizá también tengamos que aprender a levantar la vista desde la nada. Desde esos momentos en los que nada duele. Nada va mal. No hay nada que arreglar. No ha pasado nada milagroso.
Simplemente la vida....es buena.
De verdad que todo es mejor cuando miras hacia arriba.

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